Turismo Chacas

Por Guido Lombardi

Muchos de mis viajes por el Perú los he realizado  atraído por algunos de los imponentes fenómenos que nuestra geografía contiene. Así he llegado hasta el lago Titicaca, el majestuoso Amazonas, el cañón del Colca, el Apu Ausangate o las nieves del Huaytapallana. Sin embargo, cuando fui a Chacas por primera vez, no lo hice guiado por el esplendor de la Cordillera Blanca, sino para conocer a un hombre.

Para resumir la historia contaré que un amigo me dijo un día, con verdadero entusiasmo – y sin hipérboles -, que había conocido a un santo. A continuación, pasó a explicarme las razones que justificaban el calificativo. Algunos tan convincentes que – a pesar de mi espíritu más bien descreído- incorporé Chacas en mi cronograma de viajes deseables. Meses más tarde, esta vez una amiga, me dijo que había conocido a un sabio, capaz de congregar a sus semejantes en torno a la solidaridad con los mas pobres y de combinar, en el esfuerzo educativo de los que nada tienen, la necesidad de adquirir un oficio con la capacidad para apreciar la belleza y disfrutarla. Los personajes de ambos cuentos son uno y el mismo: el padre Ugo De Censi.

No es fácil resumir la biografía del padre Ugo en unas pocas líneas y, menos aún, reseñar la magnitud y los alcances de su obra: la Operación Mato Grosso (OMG). Quizás baste decir que suscribe la revolucionaria idea de que – para la realización de una gran tarea colectiva-, uno es más eficiente en tanto sea más prescindible. Y es por esa convicción que se encuentra entre nosotros. Un buen día de 1976 – un gran día para los chacasinos sin duda-, para probar cómo funcionaba la institución que él fundó, decidió abandonar Italia, para dejar que otros asumieran responsabilidades y tomaran desiciones. La idea inicial era apartarse durante un año y, quizá en recuerdo de su infancia alpina, escogió un lugar cercano a la nieve: una flecha en el azul lo condujo a Chacas.

La Obra está a la vista de quienes tengan ojos de ver: en la pulcritud y eficiencia del hospital de Chacas; en la belleza del retablo colonial de su iglesia, restaurado por lugareños; en los albergues de alta montaña; en el santuario de Pomallucay, su seminario y su magnífica casa de ancianos; en los vitrales, tallados, muebles y textiles que producen jóvenes artesanos de toda la región. Pero sobre todo, y creo que de manera más perdurable, en la sonrisa de los niños, en la dignidad de los hombres, en la fortaleza de las mujeres, en la alegría de los oratorianos, en el sacrificio entusiasta de los voluntarios, en la energía inagotable de sus seguidores.

No sé si es un santo o un sabio (o ambas cosas a la vez), pero pienso en él como la  más cabal imagen de la generosidad y la nobleza que me ha sido posible conocer. Su dedicación a los que no tienen nada ni a nadie; la fuerza de su ejemplo entre los jóvenes sin necesidad de hacer proselitismo; su alegría de vivir a pesar de las dudas, de la frustración del fracaso. Su tenacidad, su vitalidad, su humildad lo convierte sin duda en un hombre excepcional. Ojalá hubieran más seres humanos como él entre nosotros.

Aparte de la experiencia  humana y profundamente aleccionadora de conocer a alguien de las características del padre Ugo, el viaje ofrece otras satisfacciones y recompensas. Lo que podríamos llamar la circunvalación del Huascarán, que se inicia en Carhuaz y concluye en Yungay, nos permite apreciar paisajes extraordinarios, notables obras humanas y poblaciones de peculiar encanto. No me extenderé sobre los encantos de Chacas y la proverbial hospitalidad de sus habitantes. Quiero, en cambio, confesar mi fascinación por el santuario de Pomallucay, construido con amor para venerar al Señor de la Justicia y por Yanama, un pueblo cuyo panorama combina el verde de los campos y el blanco de los nevados como en pocos lugares es posible apreciar.

Pero quizá el momento culminante del circuito se produce cuando, desde el abra Portachuelo, podemos apreciar en toda su espléndida belleza la laguna de Llanganuco y admiramos de la proeza de Cáceres que con su ejército de montoneros ascendió esa pared -prácticamente vertical- para dejar atrás a las tropas chilenas. Los más osados pueden desde allí emprender el ascenso a uno de los refugios y compartir la sensación de los grandes escaladores.

Valga la ocasión para insistir en un antiguo reclamo de los habitantes de la zona: la construcción del túnel en Punta Olímpica. Con esa pequeña obra se haría posible el tránsito en todas las épocas del año y se facilitaría la comunicación, para que muchos puedan compartir la experiencia que he querido compartir en estas líneas.

 

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